Foto de Marina Heredia

Marina Heredia, cantante y cantaora de dos mundos

El estreno absoluto de’ Tierra a la vista’ presentó en los Jardines del Generalife a una Marina Heredia espléndida interpretando palos flamencos y clásicos del imaginario sudamericano

Nuevo paso adelante en la carrera de Marina Heredia. Nuevo triunfo de la granadina con una ampliación de su espectro musical que no nos priva de su faceta como cantaora sino que nos hace verla integrada también en la tradición del folklore sudamericano. Quizás este  pueda ser, de manera muy abreviada, el resumen de lo vivido en la noche del martes en el marco de los Jardines del Generalife. Allí estrenaba Marina su último espectáculo, ‘Tierra a la vista’, y allí se hizo grande sin importar ornamentos ni recursos escénicos que desde luego visten pero que, sin embargo, quedan en un sencillo segundo plano cada vez que la hija de Jaime ‘El Parrón’ abre la boca ya sea para cantar por seguirillas o hacernos caer en los brazos de Pedro Infante y compañeros de territorios allende los mares. La Heredia llena un escenario por si sola desde que prácticamente  era una adolescente cargada de sueños que pero ahora, entrando con firmeza en la treintena, es una de esas señoras del flamenco y de lo que se proponga. Y es que más allá de su verdad en lo jondo, en los últimos años se ha cruzado con orquestas, chirigotas y cantantes árabes saliendo airosa con nota de todos estos cruces.  Haciendo una comparación con la actualidad, la granadina sería una clara favorita a ganar el Mundial ya que tiene talento innato pero, igualmente, no para de trabajar dentro y fuera del campo para hacerlo lucir aún más. Fuera de símiles futbolísticos, creemos que Marina quiso comenzar como Granada la vio nacer, únicamente cantando por derecho y acompañada por una guitarra, en este caso la de su inseparable José Quevedo ‘Bolita’. Por soleá y seguirilla pareció agarrarse al patio de su casa natal, a ese primer suelo que pisó al bajar de la cuna y donde oía desde pequeña la sabiduría y el quejío de su padre, ‘El Parrón’,  por esos dos palos. Lo natural fue continuar por tangos también de suelo nazarí en los que nos contaba historias de sultanes, princesas y jinetes que hace siglos paseaban a su antojo por donde ahora se sentaba un público totalmente respetuoso ante un recital que respiraba aires de Albaicín y Sacromonte. Ambos barrios por donde la niña creció y jugó con su corista y amiga Jara Heredia que junto a Anabel Rivera y Paquito González no paró de dar compás cargado de flamencura.

 

Sintiendo el mar

 

Pero el recital netamente jondo se ve interrumpido por luces azules, ecos de gaviotas y el bamboleo de unas telas que se funden con la vegetación reinante en una marea azul que atrapa a Marina como si de una sirena varada en aires de otro continente se tratase. A partir de aquí los patrones de barco musical con el maestro Amargós – ‘culpable’ en gran parte del éxito de Miguel Poveda en su versión coplera – y Jesús Lavilla.  Ellos guiarán por el mundo del tango (‘Garganta con arena’) y de la ranchera romántica (‘Fallaste corazón) a una voz que en ningún momento intenta teñir esos sones con capas de flamencura pero que ni mucho menos pierde un ápice de personalidad en los mismos. Transmite dolor, ausencia y resquemor; sentimientos universales que sobrepasan cualquier género o estilo musical. Pero no todo es México  y Argentina sino que también hay un recuerdo importante para el pueblo puertorriqueño en ‘Lamento borincano’ y ritmos más danzones como los que reinan en ‘Para cantar he nacido’, un tema que inmortalizó Mercedes Sosa y une su tierra con la de Bolivia. Un repertorio al que se suman piezas como ‘Tortura’ o ‘Se nos perdió el amor’ y donde todo suena en correlación a la calidad de los músicos que están sobre el  escenario. Titanes del ritmo y la sensibilidad como el bajista Yelsi Heredia – del que ya disfrutamos junto a Arcángel en esta misma edición del Festival – , el violinista sempiterno a la par que elegante Alexis Levefre o un Julián Sánchez totalmente entregado a una trompeta capaz de llevar el estado de ánimo del oyente por los caminos que se le antoje. Todo ello sazonado con las percusiones de Paquito González  y Luis Dulzaides. Todos ellos excelentes compañeros de viaje de Marina Heredia, un viaje que iba llegando a su fin pero, que en la tercera parte del espectáculo, se nos presentaría como una artista con una maleta llena de vivencias musicales que sumar a su ADN flamenco.

 

De ida, vuelta e ida

 

Y es que la parte final de ‘Tierra a la vista’ fue un epílogo por cantes de ida y vuelta como la guajira o la petenera – algunos estudiosos del flamenco defienden que este último también proviene de más allá del Atlántico – pero también una fiesta con espacio para el cuplé por bulería o una vistosa rumba latina donde hasta los más serios del elenco se arrancaron haciendo coros o metiéndose un bailecito. Tiene pinta que este espectáculo va a rodar por el mundo. Tenemos buena embajadora del arte en Marina Heredia haga lo que haga

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